martes, 31 de mayo de 2016

MARY BEARD (1955-)

Acabo de leer SPQR. Una historia de la Antigua Roma (2016) de la historiadora británica Mary Beard, a quien conocía de hace tiempo (y de oídas) por sus libros sobre el triunfo romano (2007) y Pompeya (2008). El azar, o el destino, ha querido que mientras estaba enfrascado en su lectura le fuera concedido el Premio Princesa de Asturias 2016 de Ciencias Sociales, de lo que me congratulo, aunque al principio me resultó un poco chocante. Es cierto que no soy especialista en la Historia de Roma, pero ¿es Mary Beard una investigadora tan importante como para que se le dé ese galardón? No lo sé. Posiblemente haya muchos más que merezcan esa distinción, pero cuando leí el acta del jurado el asunto empezó a despejárseme: «La obra de Mary Beard demuestra un extraordinario talento para convertir un saber especializado en conocimiento accesible y relevante para el gran público». Es decir, no sólo son los talentos como historiadora (que de sobra los tiene, y luego me referiré a ello), sino su faceta televisiva lo que la llevará a Oviedo rodeada de gaitas y panderetas. Porque Mary Beard ha presentado (e imagino que habrá escrito los guiones o parte de ellos) varios documentales de éxito de la BBC y Channel 4 sobre el mundo de los romanos. Creo que a Eduard Punset también debería entregársele este premio, puesto que siempre ha destacado por ser un extraordinario comunicador, en este caso del universo científico. Pero quizás él sólo presentaba en TVE. Y no lo digo irónicamente.
Por tanto, a los príncesas de Asturias, nobeles y demás hay que darles la importancia que tienen. No digo que ninguna, pero...
Y sin embargo, SPQR me ha gustado muchísimo. Un ensayo extraordinariamente bien escrito y que mira a la Historia de Roma —que la tenemos archiconocida— desde nuevos puntos de vista que te hacen pensar. Y vuelvo a lo de antes: los premios los conceden no por hacerte pensar, sino por salir en la tele y tener cierto impacto mediático, como se dice hoy en día.
Un pero al extraordinario talento de Beard y que es signo de los tiempos: la bibliografía comentada que ofrece al final no tiene en cuenta para nada a lo que se ha hecho en otros países y por otros autores no de lengua inglesa. ¿Dónde están los italianos y los alemanes? ¿Y los franceses? En Hispania, como se escribe en mal latín, tampoco aparecemos. Así que, después de haber leído sus reflexiones sobre cómo concebían su propio pasado los romanos y las alusiones al cinismo (yo diría ironía) de Tácito o  al sentimiento de superioridad griega frente al predominio romano de Plutarco, no puedo menos de pensar que todos hacemos la Historia que sabemos, que lo anglosajón no necesita de las provincias para interpreta el pasado y que hay muy pocos intentos honestos (Wickham, Chartier...) de hacer que en una Historia total quepan otras culturas, otras interpretaciones.

Jovencísima y soñadora en los años 70
En 1994 ya empezaba a descollar en el medio televisivo





¿Qué académico posaría así?












lunes, 30 de mayo de 2016

DAVID ABULAFIA (1949-)

Comencé a leer algo de David Abulafia hace bastantes años, y no fue en español, sino en italiano. Era su biografía del emperador Federico II Hohenstaufen, un personaje que me parecía fascinante y al que asociaba con Castel del Monte, inspirado por la biblioteca de El nombre de la rosa de Eco. Era una obra académica y no me dejó mucha huella, hasta que años después leí (esta vez en español) su aportación a una obra colectiva sobre el Mediterráneo. Fue el aperitivo a El Gran Mar. Una historia humana del Mediterráneo (2011), una panorámica fascinante sobre este océano en miniatura, origen de todo (desde una perspectiva europea).
Abulafia es inglés, descendiente de sefardíes, profesor en Cambridge y aquí lo vemos resueltamente posando en su college (el Gonville and Caius), mientras oscila entre una mirada severa (¿para los que le hagan perder el tiempo?) y otra amistosa (para aquellos interesados en la Historia, espero).








martes, 29 de marzo de 2016

BARBARA W. TUCHMAN (1912-1989)

«Si hubiera obtenido el doctorado, se habría ahogado cualquier capacidad de escritura.»
Estas palabras de la historiadora norteamericana Barbara Wertheim Tuchman lo dicen todo sobre ella: una mujer que renuncia al mundo académico por la Historia y la escritura. Ciertamente no figurará en los anales de la renovación historiográfica, como Natalie Z. Davies (sus obras son más bien narrativas y basadas en fuentes secundarias), pero a cambio cuenta con una legión de entusiastas lectores a los que habrá hecho retroceder virtualmente al pasado gracias a sus vibrantes y evocadoras páginas. No como Élisabeth Crouzet-Pavan, de quien he intentado leer Renacimientos italianos (1380-1500) (2007), una obra que no se sabe hacia dónde quiere ir, o llevarnos, una especie de soliloquio en voz alta con esa prosa insufrible que exhiben los franceses cuando quieren ponerse líricos, que es lo mismo que decir que no quieren ser entendidos y están orgullosos de ello. Y encima profesora en la Sorbona. Mientras, Barbara Tuchman lo hizo todo sin redes clientelares académicas ni ordenadores, con una máquina de escribir  y una amplia familia.








IAN KERSHAW (1943-)

Cuando comencé a leer su monumental biografía de Hitler (1998-2000), dos cosas me llamaron la atención. La primera fueron los subtítulos: Hibris ("orgullo") y Némesis ("muerte"), aunque luego el significado queda en manos del lector, que es quien se encarga de decidir si toda la locura de Hitler responde a ese concepto de soberbia fatídica que tanto respeto daba a los antiguos. La segunda cosa que me llamó la atención fue el leer en la introducción que la dirección de un proyecto de recopilación de fuentes de Historia medieval le ayudó a alejar esos demonios que le rondan a uno cuando tiene que estudiar el Mal. ¿Pero no era éste un experto en Historia contemporánea? Pues no, empezó en un campo, se fue a otro y no abandonó el primero. Y claro, yo lo comparaba con lo que conocía por estos aires, en donde los únicos todoterrenos son los profesores de Secundaria (no es por echarme flores), y me decía a mí mismo: ¡cuánto tenemos que aprender todavía! Es cierto que Kershaw es, en este sentido, único, pero no deja de ser un ejemplo.










sábado, 5 de marzo de 2016

JOHAN HUIZINGA (1872-1945)


«Un partidario de la radio y de la película como medios de enseñanza ha escrito un libro: The decline of the written word (El ocaso de la palabra escrita), en donde, con alegre convicción, vaticina un porvenir próximo en el cual los niños se alimentarán con reproducciones cinematográficas y con palabras habladas. ¡Enorme paso hacia la barbarie! ¡Eficacísimo medio para paralizar en la juventud el pensamiento y mantenerla en estado de puerilidad y además, probablemente, sumergirla en profundo aburrimiento!
La barbarie no sólo puede coexistir con una elevada perfección técnica, sino que puede ir unida también a la general difusión de la enseñanza pública. Inferir el grado de la cultura por el retroceso del analfabetismo es ingenuidad de un período ya superado. Cierta cantidad de conocimientos escolares no garantiza en ningún modo la posesión de la cultura.»
Sirvan estas palabras de Johan Huizinga en su Entre las sombras del mañana (1935) para describir lo que fue y ya no es: lo que se consideraba que debía ser y defender un intelectual en los años 30. Suena a paradójico en un autor que hizo de la imagen un referente del análisis histórico (léase, si no, El otoño de la Edad Media, 1919), pero lo cierto que sus libros no estaban ilustrados y describen las imágenes con palabras. Así que hoy día se ratificaría en sus intuiciones, en ese aburrimiento de los alumnos ante el conocimiento, que debe ser visual y fácil de digerir, poco conceptual y divertido. Desde hace más de veinte años el sistema educativo, los gobernantes, los docentes y la sociedad hemos estado ampliando los límites cuantitativos de la educación, pero hemos estrechado los cualitativos, así que ahora nos arrojamos a los seductores brazos de la tecnología y fiamos en ella la felicidad y el provenir de nuestros jóvenes.
Al margen de todo este excurso, Huizinga es un clásico y una delicia.






martes, 23 de febrero de 2016

MANUEL FERNÁNDEZ ÁLVAREZ (1921-2010)

Ciertamente la mayoría de los rostros de este blog son de historiadores extranjeros, pero es que el historiador-narrador, ése que trasciende el mundo académico y se convierte en referencia social y cultural, ése apenas existe en nuestro país. Al menos en la actualidad. Porque el caso de Eslava Galán, quien publica libros al ritmo en que Lope escribía versos, no creo que se pueda comparar con ninguno de los historiadores que he leído y admirado; o el de César Vidal, otro inagotable al desaliento de la hoja en blanco y cuya extensa y profunda obra no soy capaz de glosar. Ambos son representantes de un género que sí ha tenido éxito en este culto país y es el de contador de chismes o anécdotas, el cronista, que no historiador, divulgador más o menos ameno de enredos, vicios y curiosidades. Ya en los años 80 triunfaba con este género Carlos Fisas, con sus Historias de la Historia, seguramente con menos pretensiones que los anteriormente citados.
Bueno, pues sí hemos tenido un historiador académico que causó furor a finales del siglo pasado y cuyo buen hacer, fruto de toda una vida dedicada a la investigación y la docencia, fue premiado por el público hasta su muerte: Manuel Fernández Álvarez, "Don Manuel" para los que lo conocimos. Y eso que a mí no me gustan sus libros ni el estilo de su prosa, ni el enfoque que hizo a muchos de sus temas, pero creo que merece estar en este panteón de ilustres de la historiografía, aunque sea como rara avis hispana.

Risueño, como solía serlo siempre
Siempre vehemente en sus ideas




martes, 16 de febrero de 2016

RICHARD J. EVANS (1947-)

A juzgar por su gesto, a priori Richard Evans no parece un tipo excesivamente simpático, aunque seguramente me estoy equivocando completamente. Pero el tratar continuamente con lo desagradable, estudiar el fango de la Historia e intentar comprenderlo tiene esas contrapartidas. Todos aquellos que se han dedicado a investigar sobre el nazismo y el Tercer Reich confiesan ese peaje personal que tiene el contacto con el mal. A cambio, podemos gozar de unas obras extraordinarias sobre ese periodo de la historia de Alemania y que se han convertido en referentes historiográficos ineludibles. Me refiero a su Trilogía sobre el Tercer Reich (2003-2008) o a su reciente El Tercer Reich en la historia y la memoria, una excelente revisión crítica de diversos estudios sobre el tema y que muestran cómo Evans no rehuye en sus reseñas el tener que posicionarse contra algunos de ellos. Por otra parte, Evans es un ejemplo de cómo se puede seguir siendo fiel a la historia académica sin abandonar la alta divulgación, al contrario de muchos historiadores convertidos en celebridades.