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sábado, 22 de marzo de 2025

GREGORIO MARAÑÓN Y POSADILLO (1887-1960)

Ya no hay historiadores así, que destaquen en un campo muy distinto del saber (la endocrinología en su caso), pero que sienten tal pasión por la Historia, una bien surtida biblioteca y una erudición asombrosa que acaban siendo referencia intelectual. Hoy en día sus estudios sobre Olivares, Tiberio hace tiempo que fueron superadas, pero no su ejemplo.

Haciendo el tonto en 1908.



En su biblioteca en 1930.

1929.
En una autopsia del Dr.Pittaluga en 1910. Es el que mira directamente a la cámara.
 
Machado, Marañón, Ortega y Pérez de Ayala en un mitin en Segovia en Segovia dos meses antes de la proclamación de la Segunda República.

Pintado por Zuloaga en 1919.


domingo, 25 de febrero de 2018

HUGH THOMAS (1931-2017)

En la primavera del año pasado falleció uno de los últimos grandes hispanistas, Hugh Thomas, barón Thomas de Swynnerton. Empezó a ser conocido aquí por su La Guerra Civil Española (1961), pero luego abordó los temas de la conquista de México, Cuba, el Imperio y hasta una biografía de Barreiros, el famoso constructor de camiones. Su estilo historiográfico era muy tradicional, a veces abrumador por la sobrehumana aportación de datos, muchas veces sin una interpretación clara, más allá de describir los acontecimientos del pasado. Pero, ¿acaso se puede hallar siempre en éstos algún sentido?
En 1980


En 2003
En 2003
En 2014
En 2008


En 2014

En 2011









sábado, 16 de julio de 2016

FERNANDO J. BOUZA ÁLVAREZ (1960-)

Reconozco que cuando leí Del escribano a la biblioteca. La civilización escrita europea en la Alta Edad Moderna (1992) me entusiasmó. Era un libro pequeño, pero muy bien escrito, sugerente y que me hacía ir más allá de lo que yo hasta entonces veía en mis investigaciones sobre el mundo de la lectura y de las bibliotecas modernas, marcadas por la tesina sobre Lorca (1986) de Julio Cerdá Díaz. Luego, una clase de los cursos de verano de la Complutense en El Escorial (donde descubría a Chartier) corroboraron eso de que escribía bien, aunque en una conferencia siempre se agradezca algo más de espontaneidad.
En las fotografías podemos ver la evolución vital del principal exponente español de la historia cultural moderna centrada en lo escrito, desde que era un profesor recién llegado a la titularidad hasta las canas de un catedrático cuya barba le resta algo de ese aire infantil que siempre ha poseído su rostro.








jueves, 30 de junio de 2016

RICHARD L. KAGAN (1943-)

Richard Lawrence Kagan, o Richard L. Kagan, es uno de esos hispanistas que en España sólo tienen predicamento a nivel académico. Y esto, a veces, con reservas. Quizás porque su obra es fundamentalmente académica y no ha tocado temas que sean a priori atractivos para el gran público: la educación, las ciudades, los historiadores... Únicamente su estudio sobre Lucrecia, una profetisa con derivaciones políticas en la España de Felipe II podría haber tenido un mayor impacto. Entre algunos historiadores se le ha criticado, en ocasiones, que sus conclusiones se basen en datos erróneos extraídos de oscuras publicaciones decimonónicas o sacados apresuradamente de los archivos sin haberlos contrastado a fondo. Por ejemplo, su Universidad y sociedad en la España moderna (1974) contiene muchos de estos errores, sobre todo cuando se cuentan estudiantes o se rastrean sus orígenes geográficos. Sin embargo, esta obra, que se publicó en español en 1981, supuso un antes y un después en la visión que teníamos de la educación en España en la Edad Moderna. Se abandonó plenamente el enfoque que se centraba en las glorias propias de cada centro académico para observar en su conjunto el panorama, y lo que se vio es que en los territorios que hoy conforman España se había producido una verdadera revolución educativa que llevó los estudios universitarios a amplias capas de la población.
Recuerdo, además, que cuando lo leí me encantó esa fluidez estilística que, por otra parte, está desprovista de cualquier artificio retórico. Y se leía muy bien. Su última obra sobre los cronistas sigue esta senda y sigue siendo un placer aprender (críticamente) y disfrutar de su magisterio.






martes, 23 de febrero de 2016

MANUEL FERNÁNDEZ ÁLVAREZ (1921-2010)

Ciertamente la mayoría de los rostros de este blog son de historiadores extranjeros, pero es que el historiador-narrador, ése que trasciende el mundo académico y se convierte en referencia social y cultural, ése apenas existe en nuestro país. Al menos en la actualidad. Porque el caso de Eslava Galán, quien publica libros al ritmo en que Lope escribía versos, no creo que se pueda comparar con ninguno de los historiadores que he leído y admirado; o el de César Vidal, otro inagotable al desaliento de la hoja en blanco y cuya extensa y profunda obra no soy capaz de glosar. Ambos son representantes de un género que sí ha tenido éxito en este culto país y es el de contador de chismes o anécdotas, el cronista, que no historiador, divulgador más o menos ameno de enredos, vicios y curiosidades. Ya en los años 80 triunfaba con este género Carlos Fisas, con sus Historias de la Historia, seguramente con menos pretensiones que los anteriormente citados.
Bueno, pues sí hemos tenido un historiador académico que causó furor a finales del siglo pasado y cuyo buen hacer, fruto de toda una vida dedicada a la investigación y la docencia, fue premiado por el público hasta su muerte: Manuel Fernández Álvarez, "Don Manuel" para los que lo conocimos. Y eso que a mí no me gustan sus libros ni el estilo de su prosa, ni el enfoque que hizo a muchos de sus temas, pero creo que merece estar en este panteón de ilustres de la historiografía, aunque sea como rara avis hispana.

Risueño, como solía serlo siempre
Siempre vehemente en sus ideas




jueves, 19 de febrero de 2015

MODESTO LAFUENTE Y ZAMALLOA (1806-1866)

La razón de colocar en este panteón de nombres ilustres a D. Modesto Lafuente es puramente sentimental, pero en puridad, ¿qué decisión nuestra no lo es? El caso es que su obra (en realidad uno sólo de sus tomos) es seguramente el primer libro de Historia que leí, y eso cuando ni siquiera era adolescente, sino niño. 
De pequeño veraneaba en el norte de la provincia de León, en un pueblo ligado a la familia de mi madre, y allí pasaba las vacaciones entre meriendas copiosas, juegos de mozalbetes en el pajar y paseos al atardecer por el monte con mis tías. Un día descubrí en lo que antaño había sido cuadra y que entonces era un almacén poco ordenado, un baúl en el que había libros diversos. «Son del primo fraile», me dijo mi tía alarmada ante la perspectiva de que los revolviera y sacara de su sacrosanto reposo. Pero el primo fraile —agustino, creo recordar—, hacía muchísimo tiempo que ya no se encontraba entre nosotros («murió joven», recordaba con añoranza mi tía), así que me agencié aquellos libros. Había de todo, como una desportillada edición decimonónica del Tesoro de las escuelas publicada por Saturnino Calleja y que era una adaptación de Giannetto, o Juanito, de Luigi Alessandro Parravicini, una especie de Enciclopedia Álvarez de la época.
Entre ése y otros títulos encontré un precioso volumen de la Historia General de España (1850-1867) de Modesto Lafuente. Pertenecía a la tercera edición, revisada por Juan Valera, así que era de los tiempos de María Cristina. Su encuadernación de tela, sus páginas doradas y su tema hicieron que me pusiera rápidamente a leerlo con fruición, y ante mí pronto desfilaron los reyes godos y los emires y califas andalusíes, pues era el tomo segundo, el que iba desde el año 414 hasta el 970. Lo cierto es que para mí era algo completamente exótico y fascinante. Nunca tuve que aprenderme la lista de los reyes godos —al contrario de mi madre, que la recitaba de carrerilla—, pero los Leovigildos, Recaredos y Wambas desfilaban ante mis ojos atónitos, mientras que los Tariqs Abderramanes desplegaban su extraña mezcla de violencia y refinamiento, acompañados todos de numerosas anécdotas legendarias. ¡Era mejor que una novela de Verne con sus a veces tediosas descripciones científicas!
Así pues, le debo a Modesto Lafuente muchos ratos placenteros y, quizás, mi devoción por la Historia. Por ello, aquí lo traigo, primero de joven, cuando era periodista y con un aire esproncediano, y luego de adulto, en una fotografía que lo muestra escribiendo con su levitón y ante unos muebles un tanto recargados, pero que cuadran muy bien con el colorido de su prosa que me encandiló.